25 de septiembre de 2014

9 de septiembre de 2014

Apetito sexual

Creo que haber leído a los rusos en mi adolescencia fue un factor determinante en la formación de mi (nula) personalidad. 

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 Ya no soy joven, ni pasante, ni desempleado. Enamoradizo, sí. 


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 Cuando era joven (menor de 25) era muy caliente. Exageradamente caliente. Mis erecciones duraban horas. A los 13 o 14 años me masturbé en el estacionamiento de un centro comercial. A los 25, en los Mochis, me masturbé afuera del departamento que me rentó la empresa en la que trabajaba, viendo a una hermosa mochiteca de aproximadamente 16 años, morena, en shortcito de mezclilla, con unas piernotas increibles, que caminaba hacia un oxxo. Los shortcitos de mezclilla siempre me han vuelto loco. 

 Cuando cogía, mi cuerpo hervía y sudaba y sudaba a chorros. Tomaba a las mujeres con torpeza y desesperación. Mordía, lamía, succionaba. Era todo instinto, deseo, frenesí. Luego embatía como conejo. Y terminaba. Empapado.


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 Ahora no tengo apetito sexual. Si consigo llevar a una mujer a la cama, no sé si se me va a parar. Y si se me para, no sé si va a durar la erección lo suficiente para coger. Y si dura, no hay instinto, ni deseo ni frenesí.

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  Siento que un Alan que no es caliente, no es nada. Ser caliente me definía. Estoy en una crisis de identidad. Empecé a ir con una psicologa. Es joven y atractiva. No fantaseo con ella. 

 Mi existencia no tiene sentido.