26 de septiembre de 2011

Violation

 La otra vez, viendo mis sitios de pornografía gratuita acostumbrados, me encontré con unos videos muy graciosos. Tal vez sean falsos como el snuff, pero aun así están mamones. En estos videos se ve que una camara está enfocando a una mujer atractiva y sola, en algun lugar como paradas de camion, bancas de parques, etc. Luego se ve que llega un wey, masturbandose a la discre y luego rapidamente se acerca a la vieja y eyacula sobre ella. 

 Yo siempre me imaginé haciendo eso.

La niña pro-bieber II

Un video con intenciones de ridiculizar a la niña bieber que tiene algunas partes bastante graciosas.  Y nada, que me he prendado aún más a ella despues de verlo. Mi parte favorita es al 0:50.  



Time goes by so slowly

24 de septiembre de 2011

Más del 212

 Hace rato estaba viendo la página de facebook de un bar que está en chapultepec y decía que se habían robado no se que chingados, un adorno. Alguien comentó, ha de haber sido durante el 212, esa madre atrajo a toda la mierda de la ciudad. 

 Juar juar, que buen comentario, gracioso. Mas sin embargo yo no diría que la gente que fue al 212 es mierda, así como nunca he dicho que los que escuchan banda sean mierda o los que escuchan reggaeton sean mierda, etc. Lo que sí puedo decir es que ahora todos los mencionados ya son bastante, lo mismo. Por lo menos yo los veo ya iguales. Con la diferencia de que los "rockeros" se creen todavía "alternativos" y se creen mejores que los otros mencionados y los insultan y menosprecian constantemente. 

Pero si algo ha demostrado esta madre del 212 es que el rock ha dejado de ser alternativo. Y lo  ha dejado de ser desde hace mucho. Lo peor es que este festival será anual. Imaginense ver cada año gratis a disidente. Vaya, qué emoción. Ver a la gusana ciega en chapultepec será el nuevo ver a la banda fresa en las fiestas de octubre.

 Yo seguiré yendo porque seguramente irá alguna banda que nunca haya visto y tenga ganas de ver, como este año fue azul violeta, quienes, no recuerdo si lo había mencionado ya, me decepcionaron bastante; supongo que tenía expectativas demasiado altas. Pero igual y esa mamada de que los rockeros se sientan fuera del pop y se sientan super intelectuales, alternativos y transgresores sí se me hace bastante pendejo.

 Como esta mamada que ves en casi cada video en youtube de: Tu dices __(grupo o cantante de pop)__, yo digo __(grupo de rock)__. Y a veces ponen unas verdaderas mamadas como: Tu dices Katy Perry, yo digo Paramore. Lol, si son casi lo mismo.  


Azul violeta, qué buena banda =o. 

23 de septiembre de 2011

El taller de narrativa II



 "Fue como de pelicula we, como si estuvieramos enamorados. El agua, las risas, los demás viendonos a la distancia. Como una escena de pelicula de amor. Y luego me sale con la mamada de que es lesbiana. Bueno, bisexual. Son mamadas."

***

 Lo que pensé esa vez, inmediatamente después de que la morra alta me dijera que la otra era su novia y que eran bisexuales fue, obviamente: trío-trío-trío-trío... Pero en cuanto llegó la chaparrita y nos vio mojados y la alta le dijo sonriente, mira fuimos a la fuente a mojarnos, puso cara de incomodidad y dijo ahh si..., y mis esperanzas de trío se apaciguaron tan abruptamente como habían surgido.

 Aún así lo intenté. Tenía que. Intenté acercarme a las dos, cotorrearlas. Pero la chaparrita, celosa, se alejaba y se llevaba a la alta consigo. Pero la alta sí quería cotorrear y pues hice lo que pude. Un día, creo que la penúltima o antepenúltima sesión las invité a un bar. Y dijeron que sí. Vientos, pensé. Pero al final de la clase la chaparrita se levantó y les dijo a todos que iríamos a un bar, que todos estaban invitados. Hija-de-tu-puta-madre, pensé. 

 Terminamos yendo al bananas (bar-café conocido por no revisar identifiaciones, siempre lleno de adolescentes) porque algunos no tenían IFE. Fuimos solamente los más jovenes. La maestra no, la doña no, una de las hippies no (aunque también era de las jovenes), y las psicologas tampoco. Empezamos a beber y me puse en ese rol protagonico bufonesco que de vez en cuando adopto, no sé porqué. Como a las 10 se fueron la mayoría dejandonos solos a las dos morras, a mi compa el arquitecto y a mi. Entonces el les empezó a preguntar donde vivían y eso. Les ofreció aventón. Puta madre, me va a robar mi trío, pensé. Ya qué, supongo que algunos nacimos para perder. Entonces como diez o veinte minutos despues de eso se levantó, dijo que iría al baño y que luego ya se irían. Cuando se fue, ellas se miraron y pusieron cara de leve consternación. Fuck, yeah, pensé. Si no se quieren ir todavía, igual y yo les doy raite al rato, dije. Aceptaron gustosas. Bien, pensé. Salió el bato y dijo, bueno vamonos. Le dijeron que se quedarían conmigo. Bueno, dijo y se fue. 

 Nos cambiamos a una de las mesas de la parte de afuera. Bebímos y platicamos y reímos. Se burlaron de mi porque no sabía quien era Lady Gaga. La antipatía de la chaparrita hacía mi parecía haberse esfumado. Y la alta me veía con ojos brillantes. Me dijo que ella le había puesto el "me encantó" a mi cuento. Lo sabía, pensé. "El me encantó" y el corazón. Borracho y pasandola tan bien me olvidé de mi idea de trío. 

 Un bato que iba pasando por afuera le habló a la alta. Se metió y la saludo calurosamente. Luego a mi. Luego a la chaparrita, muy fríamente. Luego se fue. Es su hermano, me dijo la chaparrita. Ah, ¿y sabe?, pregunté. Sí, toda la familia sabe. No les agrada la situación, me dijeron. 

 Luego del momento de incomodidad, retomamos el cotorreo ameno. Estabamos platicando la chaparrita y yo de algo, no me acuerdo, la alta quedó como que un poco fuera. Entonces (la alta) metió su dedo al tazón de los churritos para llenarselo de salsa. Y luego me embarró el brazo, deslizandolo suavemente. No mames, qué pedo, pensé. La chaparrita levantó las cejas. Yo giré los ojos hacia un lado. Tomé una servilleta y me limpié. Retomé mi plática con la chaparrita y la alta nos escuchaba. Mientras yo hablaba y tenía la atención de ambas, sin que se dieran cuenta metí el dedo al tazón de los churritos para llenarlo de salsa. Y aún hablando, le embarré el brazo tal como ella me lo había hecho. La chaparrita dijo ahhhh, pero no se vio tan molesta como cuando la alta me lo hizo a mi. Ya pues dije, estamos a mano. Seguimos platicando. Entonces mientras yo estaba distraído volvió a meter el dedo a la salsa y esta vez me embarró la cara, pasando por la comisura de mis labios. No mames, qué carajo está pasando, me dije. Qué significa esto. 

  No hemos cotorreado lo suficiente como para ver esto como un jugueteo normal entre amigos, pensé. Lo lógico seria verlo como coqueteo, ¡pero aqui está su novia!, entonces no puede ser un coqueteo. A menos que... a menos que ella esté pensando también en... trío-trío-trío-trío-trío. La morenita estaba notablemente celosa. 

 Luego de un rato las llevé a su casa. Y yo regresé a la mia, confundido, pero con esperanza de lograr mi trío. Tal vez un hombre solo tenga una oportunidad de hacer un trío en su vida y esta sea la mia, pensé. Sólo tengo que convencer a la chaparrita. Sí.


***


Proximamente: El taller de narrativa III: la cita más extraña de mi vida.

20 de septiembre de 2011

Hector Reyes

 Los reyes de la colina se trata de como Hector Reyes siempre se mete en pedos por ser tan recto, pero la misma rectitud siempre termina sacandolo de esos pedos. 

 En la vida real uno puede ver como a las personas rectas normalmente no les va chido. A algunos parece no importarles que les vaya mal, parece que la satisfacción que les deja haber actuado con rectitud es lo más importante. Eso dicen o eso hacen parecer. 

 Yo siempre quise ser de esas personas. Pero está medio cabrón.



19 de septiembre de 2011

Valín V


 Ultimamente he estado evitando escribir de mi vida personal. Se ha vuelto algo dificil para mi porque mucha gente de la que conozco en persona ya conoce mi blog y lo leen ocasional o regularmente. Por ejemplo Lidia, ¿se acuerdan de Lidia? Volvió, en forma de fichas. Pues después de que me dejó por otro bato y todo ese pedo, cada que nos veíamos, pues regularmente yo escribía al respecto sobre como me sentía y como veía la situación y todo ese pedo, luego ella me reclamaba, me decía que la exhibía, que la hacía quedar como la mala y como una puta y esas mamadas. Y luego como su bato, por azares del destino también conocía mi blog (historia mamona que ya había contado, luego la cuento otra vez, está cagada, creo que la borré), pues ella se agüitaba que porque se podía meter en cualquier momento y darse cuenta de todo, y pues yo le decía que ese no era mi cabrón problema, que se fuera a la verga, pero entonces ella se hacía la victima y me decía, tienes razón, no es tu problema, es mi culpa, blah, blah, blah, chantaje psicologico y todo ese pedo. Y pues como yo todavía sentía algo muy intenso por ella y no quería arriesgarme a molestarla y que ya no quisiera verme (cómo me gustaría poder regresar al pasado y meterme unos putazos por imbecil) pues cedía y borraba esas entradas donde la hacía ver como una perra infiel. Bueno el caso es que todavia de vez en cuando nos vemos y aunque ya nunca escribo sobre eso (por vergüenza, la verdad me siento sumamente estúpido por seguir viendola), siempre me imagino que después de vernos, se mete a mi blog.

 Otra razón por la que he estado evitando escribir sobre mi vida es que siento que ustedes lectores me ven como una especie de superheroe (juar juar), pero la verdad es que mi vida es una mierda y soy bien valín y pues no quiero romper con ese encanto de que me vean como TedO el superheroe.  

14 de septiembre de 2011

La niña pro-bieber

 El otro día estaba viendo pendejadas en youtube y me encontré con este vidio:





 Bonitos ojos, bonita nariz, bonito color de piel y de cabello, bonito acento, pero sobre todo eso, tiene una de las cosas que más sexy me parecen en una mujer, dientes de conejo. Me encantaría que me diera un mame rasposo de puta-madre.

 La expresión facial que hace a los 1:53, brrrr si que hace palpitar mi polla.

13 de septiembre de 2011

La casa vieja


 Hace algunos años, cuando lo alternativo no era la moda, un amigo me invitó a pistear a la casa de un compa de él, un intento de pintor de la escuela de artes plásticas. Mi amigo tenía una banda, de metal, o hardcore o punk, no sé, algo. También estaba otro wey, que no sé que era, pero me recomendó leer a Bukowski. Ellos tres se conocían de morros, de la patineta. Ellos debían rondar los 22 años, yo los 19. Nuestro cotorreo era de siiiiiii hay que ponernos bien pedos.

 Compramos un par de botellas de vodka porque nos sentíamos mega cabrones para pistear. Al poco rato, llegó otro wey. Nos enseñó una bolsa de cocaína, luego le tomó un puto tragote a una de nuestras botellas y se fue. Es el que te conté que se cayó en la casa vieja, me dijo mi amigo. 

 Yo nunca llegué a ir a la casa vieja, pero ellos me contaron muchas cosas. Era una casa que utilizaban como bar, una casa grande y vieja del centro. Iban todos los artistas de la ciudad. Iban extranjeros y extranjeras que los artistas locales llevaban para follárselos. Pintores, escritores, escultores, fotógrafos, músicos. Un bar underground. Un paraíso underground. 

 Mi amigo me había contado que un amigo de él se había caido del segundo piso de la casa vieja. Que estaba drogadísimo y se cayó. Que quedó inconsciente y sangrando. Y que el "dueño" de la casa vieja lo arrastró a la calle a dejarlo morir. Pero no murió, sus amigos salieron por él y lo llevaron a un hospital. Estuvo unos meses en coma, me dijo mi amigo. 

 Me había caído bien, hasta que le dio el tragote a la botella de vodka. No había cooperado para comprarla como nosotros. Y le pegó su hocico de puto drogadicto. Pero al final, antes de irse en su sedán, nos dejó algo de cocaína. 

 Seguimos bebiendo. Luego el pintor sacó marihuana de su casa y empezamos a fumar. Unas cuantas fumadas y mi amigo dijo sentirse mal y se metió a dormir. Me quedé afuera solo con el wey que me recomendó a Bukowski. Me dijo que uno de los batos con los que se juntaban cuando patinaban participaba en los x-games y que lo patrocinaba vans. Yo intentaba fijar mi vista en un punto, pero no lo lograba. Mis ojos y mi cabeza se movían, desobedeciéndome. Creo que mejor ya me voy a mi casa, dije. 

 Lo mejor será que me vaya por esta calle, que es de un solo sentido y menos transitada, me dije. Si me voy por la avenida y pasa una patrulla se darán cuenta facilmente de que estoy drogadísimo. Y me fui por la calle de un solo sentido. Primero caminando. Luego pensé, mierda, voy muy lento, entre más tiempo tarde en llegar a mi casa, más probabilidad hay de que pase una patrulla y me detenga. Y empecé a correr por la mitad de la calle. A cada paso sentía que me elevaba varios metros. 

 Corrí seis cuadras y luego di vuelta a la derecha y corrí otra cuadra. Eso me dejaba solo una cuadra de avenida de doble sentido-continuamente transitada por patrullas para llegar a mi casa. Di vuelta a la izquierda y corrí esa cuadra. Llegué a mi casa. Mi estúpida lógica de drogado había funcionado. Sano y salvo. 

 Me metí a la casa. Me acosté. En cuanto puse la cabeza en la almohada empecé a internarme en el mundo de los sueños. Mientras lo hacía, pensé, excelente, sin malestares, sin cama voladora, a huevo, esta fue una borrachera totalmente exitosa. Y ya quedé profundamente dormido. Al siguiente día desperté sentado en el excusado y estaba lleno de vomitada y había vomitada por todas partes. De mi cuarto al baño había un gran camino de vomitada. 

 Intentaron llevarme a la casa vieja después, pero ya no existía.

11 de septiembre de 2011

Quique Gavilán

 El otro día estaba pensando entre las similitudes entre Quique Gavilán y yo. Ambos somos de color café, ambos somos cortos de estatura y ambos somos echaos pa' elante. 

"Hasta los gavilanes pequeños queremos atrapar nuestra gallina"

212

 Ayer, mientras esperaba a que llegaran a chapultepec los compas con los que quedé de ir al 212, me metí al bar de siempre. Me senté en un banquito en la barra y empecé a beber cerveza. Sonaba Johnny Cash joven.

 Ahi estaba yo solo en un bar, sentado en un banquito en la barra tomando León y escuchando a Johnny Cash.

 Mis compas me llamaron para decirme que ya habían llegado. Me fui a buscarlos. 

 Y pues ya fuimos al 212, al apelmazadero de gente, al olor a mierda y sudor, a las mismas bandas estancadas de siempre. 

 Disfruté ambas, pero creo que a estas alturas prefiero lo primero.

4 de septiembre de 2011

Exodus


 Pues el otro día estaba leyendo la biblia, el antiguo testamento para ser preciso, y me dije wow, de veras que ese tío Moises era un cabronazo. No, ya en serio, como les conté varios posts atrás estuve leyendo el libro de Haunted de Chuck Palahniuk. Y pues ya lo terminé.

 Cuando vi que el primer cuento era guts, me decepcioné un poco pues me dije, no mamar, cómo abre con algo tan cabrón, qué chingados va a haber en las restantes 350 páginas del libro. Y luego como leí en un blog de un wey que escribe sobre literatura, que intentó leer haunted pero tuvo que abandonarlo por ser demasiado desagradable y que mejor recomendaba leer otros libros de Palahniunk, pues dije, va a valer verga esto. 

  Lo único que yo conocía de Palahniuk era justamente guts, no había leído nada más, ni siquiera había visto la pelicula del club de la pelea, pero con guts había tenido suficiente para interesarme. Fui a la libreria y escogí el libro que creí que tenía el titulo más interesante (los otros libros que tenían eran Diary y non-fiction), y pues creo que le atiné y que el wey que escribió que tuvo que abandonar su lectura por ser un libro demasiado desagradable es un mariconazo. 

 Haunted es una novela que se trata de unos weyes que responden a una extraña convocatoria dirigida a escritores que quieran aislarse totalmente del mundo durante tres meses. "Olvidate de todo lo que te impide escribir tu obra maestra". Como un big brother de escritores, pero no televisado. Y pues la novela esta formada por las historias o cuentos que escribieron o contaron cada uno de estos weyes durante su estancia en el retiro, intercalados con poemas sobre cada personaje y con, digamos, el hilo principal de la novela, la narración de lo que está pasando en la casa. 

 Y pues aunque sí hay un lapso medio aburrido del libro, provocado por el exagerado putazazo inicial, el libro tiene tres o cuatro historias igual de chingonas que guts. Historias exageradamente extrañas y tristes, pero cagadísimas a la vez. 

 Al final en el afterword, Palahniuk cuenta como en varios eventos en librerias y universidades leyó guts y había personas que se desmayaban. Pero mucho más cagado me pareció como cuenta que le leyó la historia a una amiga y que está, después de escucharla, se encerró en el baño a llorar toda la tarde. Y que después, el psicólogo de esta chica, le pidió una copia de la historia al buen Chuck. Esa historia, titulada Exodus, es mi favorita del libro.

 Y pues ya, sólo falta decir que Chuck Palahniuk es una verga más grande de lo que imaginé y pues veré que otro libro consigo de él. 

 Si quieren leer la historia, aquí la dejo. Es larguísima, larguísima, así que si tienen un buen rato libre y tienen curiosidad de leerla y son mayores de edad, se las recomiendo bastante.



Exodus
Chuck Palahniuk


Por favor, entiendan.
Nadie está defendiendo lo que hizo Cora.
Tal vez hace dos años fue la única vez que pasó algo parecido. En primavera y en otoño, el personal de la oficina del condado tenía que hacer un curso de respiración boca a boca. De reanimación cardiopulmonar. Los grupos se reunían en la enfermería para practicar masajes cardíacos sobre el maniquí. Formaban parejas, la directora de la división se dedicaba a hacer presión sobre el pecho mientras la otra persona se arrodillaba, presionaba las aletas nasales para mantenerlas cerradas e insuflaba aire dentro de la boca. El maniquí era un modelo Breather Betty, nada más que un torso con cabeza. Sin brazos ni piernas. Con unos labios azules de goma. Con los ojos moldeados abiertos, mirando fijamente. Unos ojos verdes. Con todo, quien fabricara aquellos maniquíes les pegaba pestañas largas. Les pegaba una peluca glamourosamente femenina, un pelo rojo y tan suave que uno no se daba cuenta de que lo estaba cepillando con los dedos hasta que alguien decía:
–Ya basta...
Mientras permanecía arrodillada junto al maniquí y extendía sus uñas pintadas de rojo sobre el pecho del mismo, la directora de la división, la directora Sedlak, dijo que todos los maniquíes Breather Betty estaban moldeados a partir de la máscara mortuaria de la misma chica francesa.
–Es una historia verídica –les dijo a todos.
Aquella cara que había en el suelo era la cara de una suicida a la que habían sacado del agua hacía más de un siglo. Los mismos labios azules. Los mismos ojos vidriosos y muy abiertos. Todos los maniquíes Breather Betty están moldeados a partir de la cara de la misma joven que se tiró al río Sena.
Nunca sabremos si la chica murió de amor o de soledad. Pero los detectives de la policía usaron yeso para hacer una máscara de su cara muerta, para ayudar a descubrir su identidad, y décadas más tarde un fabricante de juguetes poseía aquella máscara y la usó para moldear la cara del primer maniquí Breather Betty.
A pesar del riesgo de que alguien en una escuela o en una fábrica o en una unidad del ejército pudiera algún día agacharse y reconocer el cuerpo muerto hacía mucho tiempo de su hermana, de su madre, de su hija o su mujer, aquella misma chica muerta seguía siendo besada por millones de personas. Durante generaciones enteras, millones de desconocidos habían puesto sus labios sobre los de ella, sobre aquellos mismos labios ahogados. Durante el resto de la historia, y por todo el mundo, la gente seguiría intentando salvar a aquella misma mujer muerta.
Aquella mujer que solamente quería morir.
La chica que se convirtió a sí misma en un objeto.
Nadie dijo esto último. Pero no hacía falta que nadie lo dijera.
Así pues, el año pasado, Cora Reynolds estaba en un grupo que fue a la enfermería y sacó al maniquí Breather Betty de su maleta de plástico azul. La extendieron sobre el suelo de linóleo. Le limpiaron la boca con agua oxigenada. Otra norma de la oficina del condado. Procedimiento higiénico estándar. La directora Sedlak se inclinó para poner las palmas de las dos manos en medio del pecho de Betty. Sobre su esternón. Alguien se arrodilló a su lado para cerrarle la nariz con los dedos al maniquí. La directora empezó a hacer presión sobre el pecho de plástico. Y el tipo que estaba de rodillas, el que tenía la boca sobre la boca de goma de Betty, se puso a toser.
Se echó hacia atrás, tosiendo, sentado sobre sus talones. Luego escupió. Plaf, allí en medio del suelo de linóleo de la enfermería, escupió. Luego el tipo se limpió los labios con el dorso de la mano y dijo:
–Joder, qué peste.
La gente se agolpó a su alrededor, Cora Reynolds entre ellos, el resto de la clase, todos se acercaron.
Todavía en cuclillas allí, el tipo del boca a boca dijo:
–Tiene algo dentro.
Se tapó la boca y la nariz con una mano ahuecada. Apartando la cara a un lado, apartándola de la boca de goma pero sin dejar de mirarla, dijo:
–Adelante. Golpéela otra vez. Golpéela fuerte.
La directora, inclinada con el dorso de las manos sobre el pecho de Betty, con las uñas pintadas de color rojo oscuro, hizo presión.
Y una burbuja de gran tamaño se hinchó entre los labios de goma azules de Betty. Un líquido, parecido a salsa para ensaladas, claro y lechoso, una burbuja enorme del mismo. Una perla gris grasienta. Luego una pelota de ping-pong. Una pelota de béisbol. Hasta que reventó. Salpicándolo todo de aquella sopa grasienta y blanquecina. De aquel cultivo claro y acuoso que llenó la sala de una nube de hedor.
Hasta aquel día, cualquiera podía usar la enfermería. Cerrar la puerta con llave. Estirar el catre plegable y echarse una siesta durante la hora del almuerzo. Si les dolía la cabeza. O si tenían dolores menstruales. Allí era donde podían encontrar el botiquín. Todas las vendas y las aspirinas. No hacía falta el permiso de nadie. Lo único que había allí dentro era el catre plegable, un armarito con una pileta metálica para lavarse las manos y un interruptor en la pared para encender la luz. La maleta de plástico azul donde iba guardado el Breather Betty no tenía cerradura.
Los miembros del grupo hicieron rodar el maniquí hasta ponerlo de lado, y de la comisura de la boca blanda de goma del mismo cayó primero una serie de gotas y luego un hilo de mejunje cremoso. Una parte de aquella porquería líquida le mojó la mejilla de goma rosada. Otra parte formó una película entre sus labios y sus dientes de plástico. La mayor parte formó un charco sobre el embaldosado de linóleo.
Ahora aquel maniquí era una persona francesa. Una chica que se había ahogado. Una víctima de sí misma.
Todo el mundo estaba allí de pie, tapándose la boca y la nariz con una mano ahuecada o con un pañuelo. Parpadeando para protegerse de aquel hedor que les hacía llorar los ojos. La nuez les subía y les bajaba por debajo de la piel del cuello mientras tragaban saliva una y otra vez para mantener en su sitio sus huevos revueltos y su beicon y su café y su avena con leche desnatada y su yogur de melocotón y sus magdalenas inglesas y su queso fresco, allí abajo en sus tripas.
El tipo del boca a boca agarró el botellín de agua oxigenada y echó la cabeza hacia atrás. Se llenó la boca de un par de tragos e infló las mejillas. Miró el cielo, con los ojos cerrados, la boca abierta, haciendo gárgaras de agua oxigenada. Luego se echó bruscamente hacia delante para escupir el líquido que tenía en la boca dentro de la pileta de metal.
Todo el mundo en la sala pudo inhalar el olor a lejía para la ropa del agua oxigenada y, por debajo del mismo, el olor a retrete de los pulmones del maniquí Breather Betty. La directora dijo que alguien trajera un kit de investigación de delitos sexuales. Los frotis y los portaobjetos para el microscopio y los guantes.
Cora Reynolds era uno de los miembros de aquel grupo, y se encontraba tan cerca que se llevó en los zapatos un poco de aquella porquería resbaladiza cuando regresó a su mesa. Fue después de aquel día cuando la oficina del condado puso una cerradura en aquella puerta y le entregó la llave a Cora. Desde entonces, si alguien tenía dolores menstruales tenía que poner su nombre en una lista, con la fecha y la hora, antes de que le dieran aquella llave. Si a alguien le dolía la cabeza, le pedía dos aspirinas a Cora.
El equipo de los laboratorios estatales, cuando recibieron los frotis y analizaron las muestras y los cultivos, preguntaron si aquello era una broma.
Sí, dijo el equipo del laboratorio, aquel pringue era esperma. Una parte del mismo tal vez tuviera seis meses. Era de la época de la sesión anterior de los cursos de boca a boca. Pero es que, además, había muchísimo. Cuando se le hizo la prueba del ADN, los índices genéticos mostraron que aquello era obra de doce, tal vez quince hombres distintos.
Y los chicos de aquí de la oficina del condado dijeron: Sí. Es una broma sin gracia. Olvidadlo todo.
Esto viene a ser lo que hacen los seres humanos: convertir objetos en gente y convertir a la gente en objetos.
Nadie mencionó que era el equipo del condado el que la había cagado. La había cagado por todo lo alto.
No sorprendió a nadie que Cora se llevara a casa el maniquí Breather Betty. Que se las apañara para limpiarle los pulmones. Que le lavara y le arreglara el pelo rojo glamourosamente femenino. Cora le compró un vestido nuevo para su torso sin brazos ni piernas. Un collar de perlas falsas para ponérselo en el cuello. Cora simplemente no podía tirar a la basura algo tan indefenso. Le puso pintalabios en los labios azules. Rímel en sus largas pestañas. Colorete. Colonia, mucha colonia, para tapar el olor. Unos bonitos pendientes de esos que no necesitan agujero. A nadie le sorprendería descubrir que se pasaba todas las noches sentada en el sofá de su apartamento, mirando la televisión y charlando con el maniquí.
Nadie más que Cora y Betty. Charlando en francés.
Con todo, nadie llamaba chiflada a Cora Reynolds. Como mucho un poquito para allá.
La normativa de la oficina del condado decía que tendrían que haber metido al maniquí en una bolsa de plástico negro y dejarlo en una estantería recóndita de la sala de pruebas. Dejarla allí olvidada. A Betty, no a Cora. Fermentando. Olvidada junto con las bolsas numeradas de marihuana y cocaína. Con las ampollas de crack y las pelotas de heroína. Con las pistolas y cuchillos que esperaban su momento de aparecer en algún tribunal. Con todas las bolsitas y las papelas que se iban encogiendo, volviéndose cada vez más pequeñas, hasta que solamente quedaba lo bastante para una pena de cárcel por delito mayor.
Pero no, rompieron las normas. Dejaron que Cora se llevara el maniquí a casa.
Nadie quería que envejeciera sola.
Cora. Era de esa clase de personas que no pueden comprar un solo animal de peluche. Parte de sus tareas asignadas consistía en comprar muñecos de peluche para todos los niños que venían a prestar declaración. Todos los niños a los que el tribunal cogía bajo su tutela. Todos los niños a los que se traía por abandono y se mandaba a un hogar de acogida. En la juguetería, Cora cogía un mono todo suavecito de una cubeta llena de animales... pero es que parecía muy solo en su carrito de la compra. Así que elegía una jirafa peluda para que le hiciera compañía. Luego un elefante de peluche. Un hipopótamo. Una lechuza. Llegaba un punto en que había más animales en su carro de la compra que en la cubeta de venta al público. Y todos los animales que quedaban atrás eran aquellos a los que les faltaba un ojo, que tenían una oreja rota o una costura abierta. A los que se les salía el relleno. Eran los animales que nadie quería.
Nadie se podía imaginar cómo el corazón de Cora se caía desde lo alto de un acantilado en aquel momento. Aquella larga caída desde la cima de la montaña rusa más alta del mundo, aquella sensación dejaba a Cora convertida en nada más que piel. En nada más que un tubo de piel con un agujero diminuto en cada extremo. Un objeto.
Aquellos tigrecitos todos sucios, que dejaban tras de sí un rastro de hilos sueltos. Los renos de peluche aplastados. Tenía el apartamento lleno de aquellos osos panda rotos y de aquellos pequeños búhos manchados y aquel maniquí Breather Betty. Una sala de pruebas de una naturaleza distinta.
A eso se dedican los seres humanos...
Pero la pobre, pobre Cora. Después se dedicaría a cortarle la lengua a la gente. A infectarlos con parásitos. Obstruir la justicia. A robar artículos de propiedad pública. Y nadie está hablando de apropiación indebida de artículos de oficina: bolígrafos, grapadoras, papel de la fotocopiadora.
Era Cora la que ordenaba el material de oficina. La que los viernes recogía la tarjeta de fichar de todo el mundo. La que los jueves repartía los cheques de la paga. La que enviaba todos los informes de gastos a Contabilidad para que se los reembolsaran. La que contestaba el teléfono diciendo: «Servicio de atención familiar y al menor». La que compraba un pastel y hacía circular una tarjeta de felicitación por el departamento cuando era el cumpleaños de alguien. Aquel era su trabajo.
Nadie tuvo ningún problema con Cora Reynolds antes de que la niña y el niño llegaran de Rusia. El problema de verdad era que Cora nunca veía a ninguna niña, a ninguna niñita con pecas y coletas, a menos que alguien se la hubiera follado.
A todos aquellos granujillas, a todos aquellos bribonzuelos con sus petos y un tirachinas sobresaliendo del bolsillo de atrás, Cora solamente los conocía porque alguien los había obligado a chuparle la polla. Allí todas las sonrisas infantiles con dientes caídos eran máscaras. Todas las rodillas manchadas de hierba eran pistas. Todos los moretones eran indicadores. Todos los guiños o chillidos o risitas tenían una casilla para marcarlos en los formularios de ingreso de las víctimas. Y tener controlados aquellos formularios de entrevistas era trabajo de Cora. Tener controlados a los niños y todos los expedientes y todas las investigaciones en curso. Hasta lo que sucedió, Cora Reynolds fue la mejor directora de oficina de la Historia.
Con todo, lo que hacían allí no eran más que cuidados paliativos. No se puede desfollar a una criatura. En cuanto te tiras a un niño, ya no se puede sacar a ese genio de la botella. Ese niño ya está jodido para el resto de su vida.
No, la mayoría de los niños y niñas iban allí sin decir nada. Con estrías. Ya en su mediana edad. Sin sonreír.
Las criaturas iban allí, y el primer paso era la entrevista de evaluación con un muñeco anatómicamente detallado. Que no es lo mismo que un muñeco anatómicamente correcto, pero hay mucha gente que los confunde. Como Cora. Cora los confundía.
El muñeco anatómicamente detallado típico está hecho de trapo y cosido como si fuera un animal de peluche. Con el pelo hecho de hebras de hilo. Lo que lo distingue principalmente de la muñeca Raggedy Ann son los detalles: un pene y unas pelotas blanditos de peluche o bien una vagina de tela de encaje. Un cordón bien prieto en la parte de atrás para formar un ano apretado. Dos botones cosidos al pecho para representar pezones. Estos muñecos sirven para que los niños y niñas que ingresan puedan representar los hechos. Para demostrar lo que les han hecho papá y mamá o el nuevo novio de mamá.
Los niños y niñas metían los dedos dentro de los muñecos. Los arrastraban por el pelo de hilo. Los agarraban del cuello y los zarandeaban hasta que se les caía la cabeza de peluche. Pegaban a los muñecos y los lamían y los mordían y los chupaban, y luego le correspondía a Cora el trabajo de volver a coserles los pezones. Era Cora quien buscaba un par de canicas nuevas cuando alguien tiraba demasiado fuerte del pequeño escroto de felpa.
Todo lo que se hacía a aquellos niños y niñas se les hacía después a los muñecos.
Nadie llegaba a aquel tipo de trabajo por casualidad.
Los hilos se soltaban como resultado de que demasiados niños víctimas de abusos sometían a los muñecos a abusos. Demasiados niños abusados chupaban el mismo pene rosado de fieltro. Demasiadas niñas habían metido a la fuerza un dedo, dos dedos y tres dedos en la misma vagina de labios de satén. Rasgándola por encima y por debajo. Hasta que sobresalían pequeñas hernias de relleno de algodón. Debajo de su ropa, los muñecos estaban manchados y sucios. Pegajosos y malolientes. La tela estaba rozada hasta hacer bolas y llena de cicatrices de enganchones allí donde faltaban los hilos.
Aquellos muñecos y muñecas de los que el mundo entero abusaba.
Y por supuesto, Cora hacía lo que podía para mantenerlos limpios. Los remendaba cuando se rompían. Pero un día se metió en internet para encontrar otro par. Una pareja nueva.
En alguna parte había mujeres que se ganaban la vida cosiendo pequeñas vaginas en forma de bolsillo o escrotos en forma de monedero. Mujeres que vestían a aquellos muñecos y muñecas con vestiditos floreados de algodón o con pantalones de peto. Pero aquella vez, Cora quería algo que durara. Se metió en internet. Encargó una pareja nueva de un fabricante del que nunca había oído hablar. Pero aquella vez confundió detallado con correcto.
Lo que pidió fue muñecos de niño y niña anatómicamente correctos. Los más baratos que hubiera. Que duraran. Fáciles de lavar.
Un buscador de internet le ofreció una pareja de muñecos. Hechos en la antigua Unión Soviética. Con brazos y piernas flexibles. Anatómicamente correctos. Como eran los más baratos, y aquella era la política de compra de la oficina del condado, encargó la compra.
Más tarde, nadie llegó a preguntar por qué había encargado aquellos muñecos. Cuando llegó la caja, que era de cartón marrón y tan grande como un archivador de cuatro cajones, cuando el repartidor la trajo con una carretilla y la dejó al lado de la mesa de ella, cuando le hizo firmar el impreso que llevaba en un sujetapapeles, fue entonces cuando Cora sospechó por primera vez que aquello podía haber sido una equivocación.
En cuanto abrieron la caja, en cuanto vieron lo que había dentro, ya fue demasiado tarde.
Fueron Cora y un detective del condado los que sacaron las grapas de metal y luego hurgaron entre las láminas de plástico de burbujas, los que hurgaron hasta encontrar un pie. Un pie rosado de niño, con cinco dedos perfectos sobresaliendo, asomando de las bolitas de espuma de poliestireno y del plástico de burbujas.
El detective movió uno de los dedos del pie. Miró a Cora.
–Eran los más baratos –dijo Cora.
Y añadió:
–No había mucho donde elegir.
El pie era de goma rosado y estaba acabado con unas uñas de color claro y duras. La piel era lisa y no tenía pecas ni lunares ni venas. Después el detective cogió el tobillo con la mano y tiró del mismo hasta dejar al descubierto una rodilla rosada y lisa. Luego un muslo rosado. Luego una lluvia de bolitas de embalar. Una cascada de plástico de burbujas. Y por fin apareció una niña desnuda y rosada suspendida del puño en alto del detective. Los rizos de pelo rubio le colgaban de la cabeza, rozando el suelo. Los brazos desnudos le colgaban a ambos lados de la cabeza. Permanecía boquiabierta, en un jadeo silencioso, dejando ver los dientes blancos y pequeños como perlas y el paladar liso y rosado. Una niña en la edad de ir a cazar huevos de Pascua y de hacer la primera comunión y de sentarse en el regazo de Santa Claus.
Mientras el detective la sostenía de un tobillo, la otra pierna de la niña permanecía doblada por la mitad, a la altura de la rodilla. Entre sus piernas, allí abierta, no solamente correcta sino... perfecta, estaba su vagina rosada. Con sus labios de un tono rosado más oscuro curvados hacia dentro.
Todavía en la caja, mirándola, mirándolos a todos, había un niño desnudo.
Un folleto impreso cayó revoloteando al suelo.
Luego Cora rodeó a la niña con sus brazos, abrazando su cuerpo blando como una almohada, y agarró una lámina de papel de embalar para envolver con ella su cuerpecillo.
El detective sonrió, negando con la cabeza, cerrando los ojos con fuerza, y dijo:
–Muy buen trabajo de adquisición, Cora.
Cora estaba abrazando a la niña, con una mano ahuecada para taparle las nalgas rosadas. Con una mano ahuecada sujetándole la cabeza rubia contra su pecho, y dijo:
–Esto es una equivocación.
El folleto decía que los muñecos eran de silicona blanda moldeada, de la misma que se usa para los implantes de pechos. Que se podían dejar debajo de una manta eléctrica y permanecerían calientes durante varias horas de placer. Su piel cubría un esqueleto de fibra de vidrio con articulaciones de acero. Su pelo había sido injertado mechón a mechón, plantado en la piel de su cuero cabelludo. No tenían vello púbico. El muñeco del niño tenía un prepucio opcional que se le podía poner sobre la punta del pene. La niña tenía un himen de plástico reemplazable que uno podía pedir por correo. Ambos muñecos, decía el folleto, tenían gargantas y rectos profundos y estrechos «para facilitar una vigorosa entrada oral o anal».
La silicona tenía memoria y regresaba a su forma original, sin importar lo que uno hiciera. Uno les podía estirar de los pezones hasta que estos tenían cinco veces su longitud original sin que se les rompieran. Los labios vaginales, el escroto y los rectos se podían ensanchar para «acomodar casi cualquier deseo». Los muñecos, decía el folleto, podían soportar «años de disfrute violento y vigoroso».
Para lavarlos solamente había que usar agua y jabón.
Dejar los muñecos bajo la luz directa del sol podía decolorarles los ojos y los labios, decía el folleto en francés, español, inglés, italiano y en algo que parecía chino.
Había garantía de que la silicona era inodora e insabora.
A la hora del almuerzo, Cora salió a comprar un vestidito y un juego de pantaloncitos y camisa. Cuando regresó a su mesa, la caja estaba vacía. A cada paso crujían bajo sus pies bolitas de espuma de poliestireno y plástico de burbujas. Los muñecos habían desaparecido.
En intendencia, le preguntó al encargado de los envíos si sabía algo. El encargado se encogió de hombros. En la sala de descanso, un detective dijo que tal vez alguien los necesitara para un caso. Se encogió de hombros y dijo:
–Están para eso...
Fuera, en el pasillo, le preguntó a otro detective si los había visto.
Preguntó dónde estaban los muñecos de los niños.
Le rechinaban los dientes. Le dolía el entrecejo de tanto juntar las cejas en medio de la frente. Notaba que le ardían las orejas. Que las tenía a punto de derretirse de tanto que ardían.
Encontró los muñecos en el despacho de la directora. Sentados en el sofá. Sonrientes y desnudos. Pecosos y sin vergüenza de nada.
La directora Sedlak estaba estirando un pezón del pecho del niño. Con los dedos, con el índice y el pulgar, con nada más que las uñas oscuras, la directora retorció y estiró del pezón oscuro. Con la otra mano, la directora pasó las yemas de los dedos de arriba abajo por entre las piernas de la niña y dijo:
–Joder, parece de verdad.
Cora le dijo a la directora que lo sentía. Se inclinó para apartarle un mechón de pelo de la frente al niño y dijo que no tenía ni idea. Cruzó los brazos de la niña por encima de sus pezones rosados. Luego le cruzó las piernas de plástico a la altura de la rodilla. Extendió las dos manos del niño sobre su regazo. Los dos muñecos se quedaron allí sentados, sonrientes. Los dos tenían ojos de cristal azules y pelo rubio. Dientes brillantes de porcelana.
–¿Qué es lo que sientes? –dijo la directora.
Malgastar el presupuesto de la oficina del condado, dijo Cora. Comprar algo tan caro a ciegas. Pensaba que estaba comprando una ganga. Y ahora la oficina del condado se vería obligada a pasarse un año más usando los muñecos viejos. La oficina del condado se quedaba sin nada y aquellos muñecos habría que destruirlos.
Y la directora Sedlak dijo:
–No digas tonterías.
Peinó el pelo rubio de la niña con las uñas de los dedos y dijo:
–No veo dónde está el problema.
Dijo:
–Podemos usar estos.
Pero estos muñecos, dijo Cora, son demasiado reales.
Y la directora dijo:
–Son de goma.
De silicona, dijo Cora.
Y la directora dijo:
–Si te ayuda, piensa en cada uno como en un condón de treinta y cinco kilos...
Aquella tarde, incluso mientras Cora les estaba poniendo la ropa al niño y a la niña, vinieron varios detectives a su mesa a pedirle que les dejara llevárselos. Para entrevistas de admisiones. Para investigaciones. Pidiendo reservarlos para cierta evaluación supersecreta fuera del terreno. Pidiendo llevárselos a casa esa noche para usarlos a primera hora de la mañana. Llevárselos el fin de semana. Preferiblemente la niña, pero si no estaba disponible, entonces el niño. Al final del primer día, los dos muñecos ya estaban reservados para todo el mes siguiente.
Si alguien quería un muñeco urgentemente, ella le ofrecía los muñecos de trapo viejos.
La mayor parte de las veces, el detective le decía que prefería esperar.
Y a pesar de toda aquella avalancha de casos que se abrían, nadie le enviaba ni un solo expediente nuevo.
Durante casi todo aquel mes, Cora solamente vio al niño y a la niña de vez en cuando, durante el tiempo que tardaba en entregárselos al siguiente detective. Y luego al siguiente. Y al siguiente. Y nunca estaba claro qué estaba haciendo cada cual, pero la niña llegaba y se marchaba, un día con las orejas perforadas, otro día con un piercing en el ombligo, luego con carmín en los labios, luego apestando a colonia. En un momento dado, el niño llegó tatuado. Con una cadena de espinas tatuada alrededor del músculo de la pequeña pantorrilla. Un poco más tarde, con los pezones atravesados por pequeños aros plateados. Luego el pene. En una ocasión, con el pelo rubio despidiendo un olor acre.
Un olor como a caléndulas.
Como las bolsas de marihuana de la sala de pruebas. Aquella sala llena de pistolas y de cuchillos. Las bolsas de marihuana y de cocaína que siempre pesaban un poco menos de lo que debían. La sala de pruebas que siempre era la siguiente parada de los detectives después de llevarse en préstamo uno de los muñecos. Con la chica debajo de un brazo, se dedicaban a hurgar en las bolsas de las pruebas. A meterse cosas en el bolsillo.
En el despacho de la directora, Cora mostró los recibos de gastos que los detectives enviaban para que se los reembolsaran. Un recibo de una habitación de hotel de la misma noche en que un detective se había llevado la niña a su casa para hacer una entrevista al día siguiente. La habitación de hotel era una operación de vigilancia, le había dicho el detective. Y la noche siguiente otro detective volvió a sacar a la chica, y otra habitación de hotel, y otra cena para uno. Una película para adultos comprada en el televisor. Otra operación de vigilancia, dijo el tipo.
La directora Sedlak se la quedó mirando. A Cora, allí de pie, inclinada sobre la mesa de la directora, temblando tanto que los recibos le revoloteaban en el puño.
La directora se limitó a mirarla y a decir:
–¿Qué intentas decirme?
Es obvio, dijo Cora.
Y sentada detrás de su mesa de madera, la directora se echó a reír.
Y dijo:
–Considera esto una represalia.
–Todas esas mujeres –dijo la directora– que hacen manifestaciones y cánticos en contra de la revista Hustler, y que dicen que la pornografía convierte a las mujeres en objetos... Bueno –dijo–. ¿Qué crees que es un consolador? ¿O un donante de esperma de una clínica?
Puede que algunos hombres solamente quieran fotos de mujeres desnudas. Pero hay mujeres que solamente quieren la polla de un hombre. O su esperma. O su dinero.
Los dos sexos tienen el mismo problema con la intimidad.
–Deja de dar la vara por un par de puñeteros muñecos de goma –le dijo a Cora la directora Sedlak–. Si estás celosa, sal y cómprate un buen vibrador.
Una vez más, es a esto a lo que se dedican los seres humanos.
Nadie podía prever adonde iba aquello.
Aquel mismo día Cora salió a almorzar y compró un tubo de Superglue.
Y la siguiente vez que los muñecos volvieron a ella, y antes de dárselos a otro hombre, Cora embutió Superglue dentro de la vagina de la niña. Dentro de las bocas de ambos niños, sellándoles la lengua al paladar. Luego les embutió pegamento en el interior a los dos, por detrás, para soldarles los culos. Para salvarlos.
Y aun así, al día siguiente, un detective le vino a preguntar a Cora si le podía prestar una cuchilla de afeitar. O un cúter. O una navaja automática.
Y cuando ella le preguntó ¿por qué? ¿Para qué lo necesitaba?
Entonces él dijo:
–Para nada. Olvídalo. Ya encontraré algo en la sala de pruebas.
Y al día siguiente, tanto a la niña como al niño los habían abierto a cuchilladas, seguían siendo blandos pero ahora estaban llenos de cicatrices. Abiertos a navajazos. Vaciados a puñaladas. Todavía oliendo a pegamento, pero cada vez oliendo más a la porquería que tenía dentro Breather Betty y que seguía goteando y dejando manchas en el sofá de casa de Cora.
Unas manchas que la gata de Cora se pasaba horas oliendo. No las lamía, sino que las olía como si fueran Superglue. O cocaína de la sala de pruebas.
Fue entonces cuando Cora salió a almorzar y compró una cuchilla de afeitar. Dos cuchillas. Tres cuchillas. Cinco.
Y la siguiente vez que la niña regresó a su mesa, Cora la metió en el cuarto de baño y la sentó en el borde del lavabo. Con un pañuelo de papel, Cora le limpió el colorete de las mejillas rosadas. Le lavó el pelo rubio y mustio y se lo peinó. Mientras el siguiente detective ya llamaba a la puerta cerrada con llave del cuarto de baño, Cora le dijo a la niña:
–Lo siento. Lo siento. Lo siento...
Le dijo:
–No te va a pasar nada malo.
Y Cora le metió una cuchilla de afeitar en el interior de la blanda vagina de silicona. En el agujero vaciado por un hombre a cuchilladas. Echando hacia atrás la cabeza de la niña, Cora le metió otra cuchilla en lo más hondo de su garganta de silicona. Y la tercera cuchilla, Cora la metió dentro del culo abierto a navaja, desbloqueado a machetazos, de la niña.
Cuando el niño le llegó a su mesa, simplemente dejado allí por alguien, tirado boca abajo sobre el brazo de su silla de oficina, Cora se lo llevó al baño junto con las dos últimas cuchillas.
Una represalia.
Al día siguiente entró un detective arrastrando a la niña del pelo. La dejó en el suelo al lado de la mesa de Cora. Se sacó un cuaderno y un boli del bolsillo interior de la chaqueta y escribió: «¿Quién la tuvo ayer?».
Y levantando a la chica del suelo, atusándole el pelo, Cora le dio un nombre. Un nombre al azar. De otro detective.
Con los ojos fruncidos y negando con la cabeza, el tipo cogió su bolígrafo y su papel y dijo:
–¡Eze higo de la gandíziba buda!
Y se vio que tenía las dos mitades de la lengua sujetas con puntos negros.
El detective que trajo al niño iba cojeando.
Las cinco cuchillas habían desaparecido.
Fue después de eso cuando Cora tuvo que hablar con alguien del dispensario del condado.
Nadie supo cómo había conseguido aquella muestra de residuos tóxicos del laboratorio.
Después de aquello, todos los hombres del departamento caminaban agarrándose la piel de las pelotas a través de los pantalones. Levantando el codo como los monos para rascarse el pelo del sobaco. Tal como lo veían ellos, no habían tenido relaciones sexuales con nadie. No era posible que hubieran cogido ladillas.
Tal vez fue entonces cuando la esposa de un detective vino al centro. Después de encontrar esos puntitos de sangre que le salen a uno con las ladillas. Esas salpicaduras como de pimienta roja que uno se encuentra en los calzoncillos ajustados o en la parte de dentro de la camisa blanca, en cualquier sitio donde la ropa toque el vello corporal. Manchitas de sangre, sangre, sangre. Tal vez la mujer las encontrara en los pantalones cortos de su marido. O tal vez en los de ella. Se trataba de gente universitaria, que vivía en los barrios residenciales y compraba en el centro comercial, sin verdadera experiencia con las ladillas. Y ahora la mujer por fin entendía todos aquellos picores.
Y ahora aquella mujer estaba cabreada de verdad.
Y de ninguna manera podía imaginarse ninguna esposa que aquella era la versión con muñeco de goma de coger ladillas en la taza de un retrete. Que era sin duda la historia que contaría el marido. Pero es que era lo único que Cora había podido mangar en el dispensario. No se podía conseguir que las espiroquetas sobrevivieran en la silicona. La hepatitis no se podía contagiar a menos que hubiera contacto con la sangre. O con la saliva. No, los muñecos eran realistas, pero no tanto.
Cualquier esposa dejaba pasar aquello y a la semana siguiente su marido traía a casa un herpes y se lo contagiaba a ella y a los niños. O una gonorrea. O la clamidia. O el sida. Así que la esposa se puso a perseguir a Cora y a preguntarle:
–¿A quién se está tirando mi marido en la pausa del almuerzo?
Una sola mirada a Cora, con su peinado enlacado y sus perlas y sus medias de nailon hasta las rodillas y su traje pantalón, bastaba para disipar las sospechas de la esposa en su dirección. Cora con sus pañuelos de papel usados metidos en la manga de su cárdigan. Cora con un plato de cintas de caramelo duro sobre su mesa. Con las tiras cómicas de Family Circus sujetas con chinchetas a su panel de corcho.
Con todo, nadie está diciendo que Cora Reynolds careciera de atractivo.
Luego la esposa fue a ver a la directora Sedlak, la de las uñas de color rojo intenso.
No hubo nadie que no se asombrara de ver que a Cora la llamaban para tener una pequeña charla.
Nadie pudo decirle a Cora Reynolds que sus días estaban contados.
La directora hizo sentarse a Cora al otro lado de su enorme mesa de madera. En el despacho de la directora con su ventana alta. El contorno de la directora sentada se recortaba sobre el fondo de la luz del sol y del paisaje de los coches aparcados en el aparcamiento de la oficina del condado. Con los dedos de una mano le hizo un gesto a Cora para que se acercara.
–No ha sido nada fácil –dijo la directora– decidir si toda mi plantilla se ha vuelto loca o si tú estás... reaccionando de forma exagerada.
Nadie podía imaginarse cómo el corazón de Cora se despeñó desde un acantilado en aquel momento. Permaneció sentada, paralizada. A eso nos dedicamos: a convertirnos en objetos. A convertir objetos en lo que somos nosotros.
Todos esos millones de personas, por todo el mundo, que todavía intentan salvar al maniquí Breather Betty. Tal vez lo que tendrían que hacer es no meterse donde no les llaman. Tal vez sea demasiado tarde.
Son las criaturas, dijo la directora, quienes se cargan los muñecos. Siempre ha sido así. Los niños y niñas que han sufrido abusos abusan de todo lo que pueden. Todas las víctimas encuentran una víctima. Es un ciclo. Y le dijo:
–Creo que deberías tomarte unas vacaciones.
Si les ayuda, piensen en Cora Reynolds como en un condón de sesenta kilos...
Nadie dijo esto último. Pero no hacía falta que nadie lo dijera.
Nadie le dijo que se fuera a su casa y se preparara para lo peor.
Como condición para conservar su empleo, Cora tenía que devolver el maniquí Breather Betty que constaba que se había llevado. Tenía que entregar los muñecos de peluche que había comprado con el presupuesto de la oficina del condado. Tenía que devolver las llaves de la enfermería. Inmediatamente. Y poner la enfermería y los muñecos anatómicamente correctos a la disposición de todos los miembros de la plantilla. El primero que los pidiera era el primero que se los llevaba. De inmediato.
Lo que se sentía Cora era lo que siente alguien que llega a su primer semáforo después de conducir un millón de billones de kilómetros, demasiado deprisa y sin el cinturón de seguridad puesto. Resignación mezclada con alivio fatigado. Cora, nada más que un tubo de piel con un agujero en cada extremo. Era una sensación terrible, pero hizo que se le ocurriera un plan.
Al día siguiente, cuando llegó al trabajo, nadie la vio entrar a escondidas en la sala de pruebas. Dentro de la cual había cuchillos que olían a sangre y a Superglue para quien los quisiera.
Ya se estaba formando cola junto a su mesa. Todos esperando a que el último detective que lo había usado devolviera a uno de los niños. A cualquiera. Los dos eran iguales si se ponían boca abajo.
Cora Reynolds no era una tonta del bote. Nadie se iba a reír de ella.
Llegó un detective con el niño debajo de un brazo y la niña debajo del otro. El hombre los tiró a los dos sobre la mesa y la multitud se abalanzó hacia delante, agarrando las piernas de silicona rosada.
Nadie sabe quiénes son los verdaderos locos.
Y Cora apareció con una pistola en la mano, con la etiqueta de las pruebas policiales todavía colgando de un cordel. Con el número de caso escrito en la misma. Hizo un gesto con la pistola en dirección a los dos muñecos.
–Recógelos –dijo–, Y ven conmigo.
El niño no llevaba más que sus calzoncillos blancos, manchados de vaselina en la parte del trasero. La niña, unas braguitas blancas de satén, apelmazadas de tantas manchas. El detective los recogió a los dos, todo el peso de dos niños, con un solo brazo y los abrazó contra su pecho. Con sus piercings en los pezones y sus tatuajes y sus ladillas. Con su hedor a humo de marihuana y a aquello que goteaba de Breather Betty.
Cora le hizo un gesto con la pistola y lo acompañó a la puerta del despacho.
Con los hombres siguiéndola, rodeándola, Cora hizo retroceder al detective por el pasillo, llevando a rastras a la niña y al niño más allá del despacho de la directora y más allá de la enfermería. Hasta el vestíbulo. Luego hasta el aparcamiento. Allí, los detectives esperaron a que ella abriera el coche.
Con el niño y la niña sentados en el asiento trasero de su coche, Cora pisó el acelerador y roció a los hombres de gravilla. Antes de que llegara siquiera a la cancela de la alambrada, ya se oían sirenas que se acercaban.
Nadie se imaginaba que Cora Reynolds estaría tan preparada. Breather Betty ya estaba en el coche, en el asiento del pasajero, con un pañuelo atado sobre el pelo rojo y unas gafas de sol sobre su cara de goma. Con un cigarrillo colgando de entre los labios muy rojos. Aquella chica francesa regresada de entre los muertos. Rescatada y con el cinturón de seguridad para mantenerle el torso erguido.
Aquella persona convertida en objeto y ahora nuevamente convertida en persona.
Los animales de peluche lisiados, los tigres raídos y los osos y pingüinos huérfanos, están todos desplegados en el cristal trasero del coche. Con la gata entre ellos, dormida bajo el sol. Todos diciendo adiós con la mano.
Cora se metió en la autopista, con los neumáticos traseros coleando y alcanzando ya el doble de la velocidad límite indicada. Su sedán marrón de cuatro puertas ya llevaba detrás un séquito de coches patrulla, con las luces azules y rojas parpadeando. Helicópteros. Detectives furiosos en coches de la oficina del condado sin distintivos. Unidades móviles de televisión, todas en furgonetas blancas con números de gran tamaño pintados a un costado.
Ya no había forma de que Cora pudiera ganar.
Tenía a la niña. Tenía al niño. Y tenía la pistola.
Aunque se le acabara la gasolina, nadie se follaría a sus niños.
Aunque la policía del estado le disparara a los neumáticos. En ese caso, ella les tirotearía los cuerpos de silicona. Cora les volaría las caras. Los pezones y las narices. Los dejaría sin nada donde un hombre pudiera meter la polla. Y le haría lo mismo a Breather Betty.
Y luego se pegaría un tiro. Para salvarlos.
Por favor, entiendan. Nadie dice que lo que hizo Cora estuviera bien.
Nadie está diciendo ni siquiera que Cora Reynolds estuviera cuerda. Pero aun así, ganó ella.
A esto se dedican los seres humanos. A convertir objetos en gente y a convertir a la gente en objetos. En un sentido y en otro. A modo de represalia.
Esto era lo que la policía encontraría si se acercaban demasiado. A los niños mutilados. A todos muertos. A los animales empapados de la sangre de ella. A todos muertos y juntos.
Pero hasta que llegara aquel momento, Cora tenía el tanque de gasolina lleno. Tenía una bolsa llena de cocaína de la sala de pruebas para mantenerse despierta. Una bolsa de bocadillos. Unas cuantas botellas de agua y a la gata, dormida y ronroneando.
No le quedaban más que unas cuantas horas de autopista para llegar a Canadá.
Pero por encima de todo, Cora Reynolds tenía a su familia.

1 de septiembre de 2011

Kylee Strutt V

 Me caga cuando hago algún descubrimiento musical personal y me topo con que tiene una discografía larguísima de pinches 15 discos o más. 
  
*** 

 Al parecer Kylee Strutt se retiró del porno. No hay información al respecto, simplemente dejaron de aparecer sus videos. Yo he visto alrededor de unos diez.

 Me parece que está chido que se haya retirado, que eso le da un aire como enigmatico. Como cuando descubres a una banda que ya desapareció y dejó una discografía mediana o corta. Ya no harán más discos. Puedes escuchar con calma y apreciar cada uno de los discos que hizo. Memorizar las canciones, en qué disco vienen y en qué orden. 

 Es medio raro, porque mis bandas favoritas las elijo justamente así, con esa característica. Y ahora la coincidencia de que a quien elegí como mi actriz porno favorita ever y futura esposa, la tenga también. Una videografía, corta.